Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que la economía mundial avanzaba con cierta lógica predecible. Había crisis, sí, pero también reglas claras, acuerdos internacionales, crecimiento más o menos estable y la sensación de que, en el largo plazo, las cosas terminaban acomodándose. Esa forma de entender el mundo ya no alcanza para explicar lo que estamos viviendo.
No estamos frente a una recesión típica ni ante un bache cíclico más. Lo que está ocurriendo es más profundo y, sobre todo, más silencioso: el orden económico global se está reconfigurando, y muchas de sus consecuencias ya están afectando la vida profesional y patrimonial de millones de personas, aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello.
Las tensiones geopolíticas dejaron de ser un tema lejano para diplomáticos o analistas internacionales. Hoy influyen directamente en precios, inversiones, empleos y decisiones empresariales. El comercio global ya no se organiza únicamente por eficiencia o costos, sino por afinidades políticas, seguridad nacional y control tecnológico. La fragmentación económica es un hecho, no una hipótesis.
Esto se refleja en cadenas de suministro más cortas, en empresas que prefieren producir más caro pero “más seguro”, y en gobiernos dispuestos a sacrificar crecimiento a cambio de control. Para los profesionistas, este nuevo entorno significa mercados laborales más inciertos, empresas menos dispuestas a arriesgar y trayectorias profesionales menos lineales que en el pasado.
A este reordenamiento se suma un cambio demográfico que suele pasar desapercibido, pero que es igual de determinante. El mundo está envejeciendo más rápido de lo que se preveía. La población crece menos, en algunos países incluso disminuye, y eso presiona las finanzas públicas, los sistemas de pensiones y el crecimiento económico futuro. La vieja pirámide poblacional ya no existe; en su lugar aparece una estructura más rígida, con menos jóvenes sosteniendo a más adultos mayores.
En paralelo, la deuda pública global sigue aumentando. Economías avanzadas y emergentes conviven con niveles de endeudamiento históricamente altos y con una capacidad política cada vez menor para corregirlos. Ajustar impuestos, recortar gasto o reformar sistemas de bienestar tiene costos políticos enormes. La pregunta ya no es si habrá consecuencias, sino cuándo y bajo qué forma: inflación persistente, crecimiento bajo o mayor intervención del Estado en los mercados financieros.
Y justo cuando el mundo enfrenta estos desafíos estructurales, irrumpe la inteligencia artificial con una velocidad sin precedentes. Nunca antes una tecnología había sido adoptada tan rápido. Sin embargo, su impacto real sigue siendo incierto. ¿Será una palanca de productividad generalizada o un factor que concentre aún más los beneficios en pocas empresas y sectores? ¿Creará nuevos empleos o desplazará a una parte significativa de la fuerza laboral? Nadie tiene respuestas definitivas, y esa incertidumbre también pesa sobre decisiones de inversión, carrera profesional y política pública.
Todo esto ocurre mientras el sistema económico basado en reglas se debilita. Los acuerdos multilaterales pierden fuerza y son reemplazados por negociaciones caso por caso, donde el poder relativo pesa más que las normas. Para países como México, esto implica convivir con ventajas comerciales temporales, pero con una certidumbre mucho menor sobre el futuro.
El problema es que, internamente, seguimos reaccionando más a lo inmediato que a lo estructural. México enfrenta este nuevo mundo con rezagos conocidos: baja productividad, infraestructura insuficiente, debilidades regulatorias y una agenda pendiente en educación, energía y tecnología. En un entorno global más riesgoso, no adaptarse también es una decisión, y suele ser la más costosa.
Tal vez la pregunta clave ya no sea si el crecimiento será alto o bajo el próximo año, sino qué tan preparados estamos para vivir en un mundo más volátil, menos predecible y mucho más competitivo. Seguir tomando decisiones con los mapas del pasado puede ser cómodo, pero cada vez resulta más peligroso.
El mundo no se está derrumbando. Está cambiando de forma profunda. Y entender ese cambio —antes de que nos alcance por sorpresa— es hoy una ventaja estratégica.
