Cuando el éxito deja de ser suficiente

Desde principios de este año he compartido en este espacio una serie de reflexiones sobre los profundos cambios que están transformando la economía mundial y la manera en que éstos comienzan a modificar nuestra vida cotidiana. Hemos hablado de un nuevo orden económico internacional, de la incertidumbre como una condición permanente, de la necesidad de aprender a tomar mejores decisiones y de la importancia de adaptarnos a un entorno cada vez más complejo e impredecible. En conjunto, todos esos temas apuntan hacia una misma conclusión: el mundo cambió y difícilmente volverá a funcionar bajo las reglas que conocimos durante buena parte de nuestra vida.

Sin embargo, conforme avanzaba en la elaboración de esos artículos, empecé a descubrir que existe una consecuencia de todos esos cambios que rara vez aparece en las estadísticas económicas y que, paradójicamente, es una de las que más está afectando a millones de personas. No puede medirse mediante el crecimiento del Producto Interno Bruto, la inflación, el tipo de cambio o las tasas de interés. Tampoco figura en los reportes de los bancos centrales ni en los análisis de los organismos internacionales. Aun así, está presente todos los días cuando observamos nuestro entorno. Se manifiesta en las conversaciones familiares, en las reuniones de trabajo, en las universidades, en los consultorios médicos, en las empresas y hasta en los momentos de silencio cuando hacemos un balance personal de nuestra propia vida. Es un cambio silencioso que poco a poco está modificando la forma en que trabajamos, consumimos, nos relacionamos con los demás y, sobre todo, la manera en que entendemos el éxito.

Hace algunas semanas leí una frase de Salvador Alva, empresario, académico, expresidente del Tecnológico de Monterrey y autor del libro Vidas plenas, que me hizo detenerme durante varios minutos para reflexionar. En una conversación para el podcast Dinero y Felicidad, Salvador resumió en una sola oración una sensación que probablemente muchos hemos experimentado alguna vez:

“Tenemos agendas llenas, pero vidas muy vacías.”

Confieso que pocas expresiones me han parecido tan precisas para describir el momento que estamos viviendo. Salvador Alva utiliza esa frase para cuestionar la manera en que solemos medir el éxito y para invitarnos a recuperar aquello que verdaderamente da sentido a la vida. Mientras leía esa reflexión, no pude evitar observarla desde la perspectiva que he venido desarrollando durante los últimos meses: la económica.

Porque, aunque a primera vista pudiera parecer una reflexión profundamente filosófica, en realidad también es el resultado de un conjunto de transformaciones económicas que han ido moldeando, casi sin que lo advirtamos, nuestra forma de pensar. La economía no solamente determina cuánto ganamos, cuánto pagamos por los bienes y servicios que consumimos o cuánto podemos ahorrar para el futuro. También influye en nuestras aspiraciones, en nuestras prioridades y en la forma en que valoramos nuestro tiempo. Poco a poco termina definiendo aquello que consideramos importante, aquello que creemos indispensable y aquello que utilizamos para medir si nuestra vida avanza en la dirección correcta.

Quizá por esa razón hoy encontramos a personas que trabajan más horas que nunca, que poseen herramientas tecnológicas capaces de hacer en minutos lo que antes requería jornadas completas y que tienen acceso prácticamente ilimitado al conocimiento. Sin embargo, al mismo tiempo escuchamos con creciente frecuencia expresiones como: “no me alcanza el tiempo”, “vivo agotado”, “tengo meses sin tomar vacaciones”, “ya casi no convivo con mis hijos”, “hace mucho que no leo un libro por gusto” o “siento que trabajo más que nunca y, aun así, nunca termino”. Resulta paradójico que una época caracterizada por la innovación tecnológica y el aumento constante de la productividad conviva con una sensación tan extendida de cansancio, prisa y agotamiento.

Primera Parte

Dr. Iván Aguirre Hernández: Profesor Universitario y Consultor de Negocios

 

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